Los dos frentes de combate

on un ojo controlando los movimientos de las naves británicas, ubicadas en las cercanías de las Georgias del Sur, y con el otro sobre las gestiones diplomáticas que se desarrollan en Washington, el Gobierno argentino se apresta a dar batalla en ambos frentes.

Las opciones diplomáticas, por ahora, son fundamentalmente dos y se despliegan simultáneamente. Por un lado, la Argentina se mantiene en el ámbito de la mediación norteamericana; por el otro, reclamará la aplicación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca.

Ambos caminos son paralelos y, en absoluto, complementarios. Para ser más exactos, la apelación al TIAR constituye la dramática comprobación de que la misión de Alexander Haig está al bordo mismo del fracaso.

El telón de fondo de las gestiones lo constituye la inminencia de una confrontación bélica con el Reino Unido. Si ello ocurre -varias fuentes consideran que un choque armado será inevitable- otra será la historia.

Pero vamos por partes.

El canciller Costa Méndez no tiene, en principio, prevista entrevistarse hoy con Haig. Sin embargo, fuentes de Washington estiman posible un contacto apenas el ministro argentino ponga sus pies en la capital norteamericana.

Se supone que los esfuerzos de Haig por romper el estancamiento de la mediación son tan intensos como los esfuerzos que despliega por evitar la aplicación del TIAR, una perspectiva que irrita al Departamento de Estado y a la Casa Blanca.

Pero las posiciones de Londres y Buenos Aires son distantes. El plan argentino, elaborado trabajosamente durante las maratónicas negociaciones con Haig, constituye la máxima concesión que puede hacer el gobierno de Leopoldo Galtieri. Eso quedó absolutamente claro para el mundo oficial cuando sondeó la opinión de su frente interno, tanto el militar como el civil.

La propuesta tiene un aspecto clave, subrayado por la Junta Militar en su declaración pública, y es el referido al tiempo limitado del plan de transición. Ese límite -que Haig solo se comprometió a transmitir a Londres, aclarando que el gobierno de Margaret Thatcher lo rechazaría- es el 31 de diciembre de este año.

Quizá, admiten algunas fuentes diplomáticas, ese lapso aún pueda flexibilizarse, pero no demasiado.

Con ese margen de negociación, escaso por cierto, viajó Costa Méndez, encabezando una comitiva en la que sobresale la presencia de un representante de cada una de las armas. Allí estarán cl general Héctor Iglesias, secretario general de la Presidencia; el contralmirante Benito Moya, jefe de la Casa Militar; y el brigadier José Miret, secretario de Planeamiento.

Está implícita que estos jefes militares llevaron consigo las posiciones mínimas que cada una de las armas tiene respecto a la negociación. Y solo ellos sabrán hasta que punto tas propuestas que surjan de las conversaciones con Haig tienen posibilidad de progresar o no.

Haig, por su parte, se encuentra en una posición cada vez más difícil.

Urgido por la inminencia de un choque bélico, apremiado por la intransigencia de su mejor aliado en Europa, y desconcertado por la firmeza de los argentinos, el Secretario de Estado trata, afanosamente, de que la negociación no se interrumpa. Cree, con cierta lógica, que mientras el gobierno de Ronald Reagan esté directamente involucrado en los esfuerzos por evitar la guerra, las partes en conflicto medirán sus actos. La Argentina está tratando de evitar un mayor deterioro de sus relaciones con Washington.

Una fuente oficial admitió anoche que los vínculos con EE.UU. estaban “tirantes”. La creencia en las FF.AA. que Haig cumplió un papel “parcial” en beneficio de Gran Bretaña, en la mediación, ya determinó un desaire diplomático: ningún militar concurrió a una recepción organizada por la embajada de la Unión en Buenos Aires.

En la misma misión norteamericana aquí se adoptaron ciertas prevenciones, en la hipótesis de un fracaso de la mediación y de un inmediato ataque británico.

Fuentes confiables dijeron que la embajada de EE.UU. puso en práctica disposiciones destinadas a situaciones de emergencia. El personal que no es imprescindible habría viajado a Montevideo, en tanto se habría reforzado el dispositivo de seguridad en el interior de la misión diplomática y se habría eliminado cierta parte de los archivos.

Las mismas fuentes dicen que esta reacción es normal y de reglamento en situaciones de tensión. Pero en esos ámbitos también se sostiene que existe cierto temor de una reacción antinorteamericana, aunque la consideran alejada de la realidad.

Con todo son síntomas claros del momento por el que atraviesan las relaciones con Washington. ¿Qué ocurre si se produce un ataque británico a las islas en medio de los esfuerzos de Haig? Una fuente del Departamento de Estado, en Washington, respondió de esta manera a la consulta de Clarín: “seria una torpeza, casi similar a la decisión argentina de apelar al TIAR”.

La táctica argentina para obtener el mayor consenso posible en la reunión de mañana está dirigida a lograr la aplicación de uno de los artículos del Tratado -el sexto- y, así, una condena a la agresión británica.

Una acelerada negociación, en la que sobresale la idoneidad del embajador Raúl Quijano, intenta obtener un texto de resolución que reciba el apoyo de catorce países, el mínimo requerido para que sea aprobada.

La tarea no es fácil y, hasta este momento, no se llegó a la cifra requerida por el reglamento. En primer lugar, los 18 votos obtenidos para la convocatoria al TIAR no deben llevar a deducciones simplistas. Representan, naturalmente, un respaldo al reclamo argentino de que se encuadre el conflicto en el TIAR, pero no sería prudente avanzar más allá de ese punto.

En segundo lugar, el gobierno norteamericano considera que el país “agresor” es la Argentina. Lo acaba de decir claramente la embajadora de ese país en las Naciones Unidas, Jeane Kirkpatrick, una personalidad que hasta hace días despertaba elogios de los militares argentinos.

Y la opinión norteamericana tiene fuerte repercusión en un foro como la OEA.

Antes de continuar con ese análisis habría que referirse a la reacción argentina por la abstención colombiana, que realmente sorprendió a nuestro país.

Dicen, los que saben, que el presidente Galtieri envió una carta personal al presidente de ese país, Julio Turbay Ayala, recriminándole diplomáticamente esa defección.

Respecto a la reunión de mañana, hay gestiones intensas para que el canciller de Brasil, Ramiro Saraiva Guerreiro, asuma la presidencia del cónclave.

La diplomacia brasileña tiene un notorio escepticismo sobre la eficacia del sistema interamericano y de la OEA, en particular.

El pedido para que acceda Brasil a presidir la reunión se lo formuló el teniente general Galtieri a Joao Figueiredo, telefónicamente.

Los temperamentos a seguir en la reunión del TIAR dependerán, obviamente, de las circunstancias. Pero es muy probable que la diplomacia argentina se incline por pedir que la sesión continúe abierta mientras dure la crisis. Así, si se produce un ataque británico el órgano de consulta podrá ser convocado inmediatamente.

Al mismo tiempo, si hay un choque armado la Argentina solicitará una sesión urgente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Llegado ese caso, la naturaleza de las decisiones de los países miembros del TIAR serán cualitativamente distintas y se modificarán las relaciones de fuerza que actualmente se perciben en el seno de la OEA.

Hay votos altamente inseguros: Por ejemplo, el de Haití, normalmente proclive a acompañar decisiones de Washington, o el de México, cuya relación con la Argentina sigue trabada, entre otras razones, por la situación de Juan Manuel Abal Medina.

Todo está profundamente imbricado, vayamos ahora al frente interno argentino.

Con un pie en la guerra, el país continúa debatiéndose eh una grave situación económica, que seguramente se ahondará si se desata la conflagración.

El ministro Roberto Alemann sigue confiando en su muñeca para capear la crisis, pero uno de sus allegados sugirió que el primer tiro que se dispare cambiará abruptamente la situación. La suspensión de 7.200 obreros mecánicos muestra la faz cada vez más preocupante de la situación social y, por supuesto, sería absurdo apostar en estas circunstancias a que mejorará. En los más altos niveles de la Presidencia se insiste en que no es éste el mejor momento para introducir cambios económicos pero es imprescindible que en este esfuerzo nacional las cargas sean, al menos, parejas.

Existe un proyecto de modificación en la “instrumentación económica” que ya llegó a la Secretaría General de la Presidencia, aunque la fuente consultada señaló que aún no se determinó con precisión cuáles serán los cambios.

Se sabe, sin embargo, que en la reunión de altos mandos del Ejército del fin de semana pasada varios generales preguntaron por la evolución de la situación económica en esta emergencia. Similar es la preocupación del frente político que ha brindado un generoso, aunque crítico, apoyo a las Fuerzas Armadas en esta grave coyuntura.

Los contactos oficiales con los partidos mantienen un nivel cordial y hay algún jefe de la multipartidaria que se ufanó esta semana de tener un “teléfono rojo” con el ministro del Interior, Alfredo Saint Jean.

Esta línea de comunicación está siendo usada frecuentemente, se admite.

Pero, también, existe conciencia entre los políticos de que deben levantar el pie del acelerador y continuar apareciendo diferenciadas de la acción oficial en la crisis.

Y es legítimo que esto suceda.

La multipartidaria continúa elaborando su nueva propuesta “a media máquina”, por citar una frase muy usada estos días. El radical Carlos Contín, cuyo entusiasmo en la postergación de los reclamos partidarios despertó una buena polvareda en el pentágono político y entre sus propios correligionarios, sostiene que la propuesta de la multipartidaria no debe ser igual para los tiempos de guerra que para las épocas de paz.

Los primeros borradores insisten en la necesidad de una drástica modificación de la política económica y una reubicación de la política exterior argentina.

El intransigente Oscar Alende se despachó contra el canciller Costa Méndez en la reunión con Saint Jean.

El aspecto más destacado, en lo político, es la presión de democristianas e intransigentes, con la apoyatura de cierto sector del peronismo, para reclamar una convocatoria a elecciones generales para mediados de 1983.

Francisco Cerro le señaló a Saint Jean que las posiciones europeas respecto de esta crisis, podrían modificarse si el Gobierno alienta un cronograma de normalización institucional, en lo que habría coincidido Rafael Martínez Raymonda, compañero de viaje del titular democristiano en el breve periplo por el Viejo Mundo.

Los desarrollistas, por su parte, sostienen que “es falso” que haya que callar las discrepancias con el Gobierno y han difundido un crítico documento, que fue calificado como “poco oportuno” por un vocero del Ministerio del Interior.

El MID sostuvo que hay que distinguir entre la acción militar que recuperó el archipiélago, que debe ser apoyada, y la decisión política del Gobierno que la puso en funcionamiento.

Planteó agudos interrogantes sobre todos los flancos de la operación, dejando en claro que para el desarrollismo se actuó con gruesas imprevisiones políticas y diplomáticas, aludiendo también a la contradicción existente entre la soberanía territorial que se recupera y la soberanía económica que se ha perdido desde 1976.

Para esta corriente política, es imprescindible un inmediato cambio de la política económica que ha dejado al país en un estado de gran “vulnerabilidad” interna y externa.

Esa es la única manera -agregan- de “dar respaldo eficaz a nuestros soldados y diplomáticos”. El Gobierno° sostiene que se mantiene permanentemente informado al frente político-sindical. Exponentes de estos ámbitos, sin embargo, ponen en dada estas afirmaciones y reclaman estar constantemente al tanto de la evolución de los acontecimientos.

Preguntado un funcionario sobre los planes políticos que elabora el Gobierno frente a esta situación, respondió sinceramente: “Vea: todos, sin excepción, estamos con la cabeza metida en esta grave emergencia. Si esto se resuelve, recién podremos hablar de planes y de cambios, que los habrá …”

¿Habrá cambios?.

La duda persiste en los círculos políticos y sindicales, dónde se comenta con ironía el temor que se advierte en ciertos funcionarios por la “boleta que pasarán partidos y sindicatos, cuando aclare la crisis.

El presente, sin embargo, muestra un rostro de gravedad. Es ocioso hablar del futuro, decía un político avezado, cuando estamos con la guerra golpeándonos a las puertas.