Islas Georgias: otra vez la soberanía en conflicto

La historia abunda en ejemplos de hechos pequeños, casi sin trascendencia, que desencadenaron crisis sociales, políticas, guerras civiles, guerras mundiales. Hoy, martes 30 de marzo de 1982, las relaciones argentino-británicas y las negociaciones que nuestro país mantiene con Gran Bretaña por su legítimo derecho a recuperar las usurpadas Islas Malvinas y a ejercer con plenitud total su soberanía en el Atlántico Sur y en los archipiélagos que le pertenecen, atraviesan su hora más difícil. Y todo empezó con un hecho pequeño. Casi sin trascendencia.

El 18 de marzo a las nueve de la mañana, un buque de la marina mercante argentina, el “Bahía Buen Suceso”, amarraba en el destartalado muelle de la Isla San Pedro, una de las islas argentinas que conforman el archipiélago de las Georgias del Sur. Llevaba a bordo, además de su tripulación normal, a 42 trabajadores (obreros en su mayoría, técnicos los menos) de la empresa Georgias del Sur S.A. La misión de estos operarios: desmantelar una vieja factoría ballenera de la isla cuyos desechos la empresa Georgias del Sur pensaba vender luego como chatarra.

Tres días después del desembarco del grupo de argentinos en una isla argentina, el Foreign Office (el ministerio de relaciones exteriores del reino de Inglaterra) presenta una protesta ante el gobierno argentino por “violación de la soberanía británica” en las Georgias.

En su nota de protesta el gobierno inglés dice que el grupo de argentinos desembarcó en la Isla San Pedro izó una bandera nacional argentina y cantó el Himno Nacional. De ahí en más y mientras la diplomacia argentina y la inglesa intentaban llegar a un acuerdo, Gran Bretaña envía un buque de guerra (el HMS “Endurance”), mientras en las Malvinas es atacada la oficina de LADE, Líneas Aéreas del Estado, la Argentina responde con el envío del buque ARA “Bahía Paraíso” y las corbetas misilísticas ARA “Drumond” y ARA “Granville”. Gran Bretaña insiste en sus reclamos y en el envío de un contingente de infantes de marina a las islas Malvinas (“una dotación de reemplazo, un cambio de guardia ordinario” se apresura a aclarar el Foreign Office) y nuestro país moviliza a gran parte de su flota de guerra. Para comprender qué pasó, para intentar entender qué es lo que puede pasar, es necesario hacer un poco de historia.

Faltan casi veinte días para Navidad. El buque ARA “Almirante Irízar” llega a la isla San Pedro. La tripulación: oficiales, marineros, técnicos electromecánicos, técnicos electricistas, técnicos de movimiento de materiales, coordinadores operativos, un cocinero, un médico, dos empresarios, desembarca en Grytviken, la ciudad (la única ciudad de la isla) donde se encuentran las instalaciones más importantes para el faenamiento de ballenas, inactivas desde 1966. El motivo del viaje: lograr, finalmente, después tres años de negociaciones, realizar los estudios necesarios sobre la chatarra de las estaciones balleneras para su desmantelamiento y posterior compra de material en desuso. Los interesados: la firma argentina Georgias del Sur (de Constantino Davidoff) y la firma inglesa Christian Salvensen Limited, de la 50 East Fettes Avenue, en Edimburgo, Escocia. Una empresa argentina y una inglesa. Un pacto: llegar a la isla San Pedro, hacer el estudio de los materiales, volver con el personal necesario y comprar la chatarra. Se hicieron los estudios, se tomaron las fotografías. Los trece habitantes de la isla San Pedro, 11 científicos ingleses pertenecientes a la BAS (British Antartic Survey) y dos encargados del mantenimiento y cuidado de la estación ballenera y demás instalaciones de la isla. Una sola persona más que hace trece años, cuando solamente eran doce los habitantes de la isla.

Los técnicos habían viajado 3.200 kilómetros desde Buenos Aires y al llegar los hombres descubrieron las ruinas de las estaciones balleneras. Hundidas las chimeneas, las banderas pintadas en alguna pared, hoy descascaradas, lavadas y casi sin color, la soledad de una isla que alguna vez llegó a tener 2.000 habitantes, los 160 kilómetros de largo y los 30 o 40 de ancho en sus partes extremas, les parecieron inmensos, infinitamente inmensos y deshabitados. En el centro, en el punto más elevado del lugar, el monte Paget, de la cadena Allardyce, que corta longitudinalmente a la isla San Pedro