Habla el único periodista que estuvo allí

“En el momento en que el avión dejó la pista y apuntó hacia el cielo volví a mirar por la ventanilla el viejo y conocido paisaje de la ciudad achicándose allá abajo. Entonces recordé una vez más que era el martes 23 de marzo y yo cumplía 24 años. Pero no lamentaba estar de viaje. Ese mismo avión de LADE me dejaría, tras siete horas y media, en Puerto Stanley, en las islas Malvinas, claro que después de seis despegues y seis aterrizajes: el «vuelo directo» incluía escalas en La Plata, Mar del Plata, Bahía Blanca, Neuquen y Comodoro Rivadavia.

Por fin, después de un salto sobre el mar, llegaría a las Islas Soledad y Gran Malvina. Allí estaba mi nota, la que debería contar a la agencia francesa «Gamma» a través de no sé cuántos «clicks» de mi cámara fotográfica.

Junto con mis documentos estaba la famosa tarjeta blanca por la que tanto había corrido. Por la vía normal eran necesarios dos meses para tramitarla en la Cancillería. Yo la había conseguido en diez días y ahí estaba volando hacia el sur, recordando lo que había leído en «La Razón» el lunes a la noche y que ahora releía en «Clarín»: en las islas Georgias del Sur había desembarcado un grupo de operarios argentinos para desmontar las instalaciones de una factoría ballenera. Y había problemas, y tal vez mi nota podía ser algo más que «vida cotidiana en las Malvinas», según me lo habían pedido. Había un conflicto planteado. Tal vez podía ser algo más que una nota de costumbres.

Puntual, el avión de LADE tocó la pista a las 15.30. Allí estaba yo, mirando cómo me miraban, los «British» de las «Falklands». No parecían amistosos. Me estudiaban.

Al día siguiente empecé a trabajar procurando que nadie se sintiera molesto. Cámara en mano recorrí el pueblo. Hablando poco. Tratando de acercarme.

Poco a poco pude conseguirlo. Como les hablaba en su mismo idioma fue más sencillo; las charlas en los pubs, durante las caminatas y en los almacenes, comenzaron a ser frecuentes. El tema era casi siempre el mismo: «Los argentinos tendrían que haber golpeado y entrado por la puerta principal, no la de servicio». Querían decirme que para desmontar la factoría de las Georgias debieron realizar el trámite diplomático, conseguir la tarjeta blanca y luego proceder. Les preocupaba ese hecho y se preguntaban cuál sería la reacción de la Corona.

Si convenía que el «Endurance» interviniera y sacara a los operarios o era mejor que a esa misión la cumpliera un buque neutral. Ese era el tema casi constante.

El martes 30, en el aeropuerto, conocí a Simon Winchester, un periodista enviado por el diario británico The London Sunday Times. Me contó las últimas noticias sobre las Georgias y al instante los dos teníamos la misma preocupación: cómo llegar a esa remota isla. Ningún avión tenía la autonomía suficiente para realizar ese largo vuelo y, mucho menos, ningún barco se atrevía a cruzar el océano hasta allá. Sólo podíamos preocuparnos.

Pero comencé a creer que la situación podía cambiar cuando el jueves 1º de abril, a la mañana, hablé con un navegante checoslovaco que hacía diez meses había iniciado una travesía que, el próximo verano, lo llevaría hasta la Antártida. Su velero estaba anclado en Puerto Stanley y en él me invitó a tomar un té. Charlamos un rato y en cierto momento le deslicé la pregunta: ¿No iría a las Georgias? Me explicó que no era importante para su currículo de navegante llegar hasta allí. Que era suficiente con haber arribado a las Falklands. Pero la idea prendió en él. Puso sus cartas marítimas sobre la mesa, sacó compases, hizo cálculos y me dijo que si lo necesitaba podíamos ir. Iba a ser duro. Debíamos navegar a océano abierto y para ir harían falta cinco o siete días porque el viento estaría a favor. Pero para volver tendríamos que estar en el mar 14 ó 20 días.

Entusiasmado, le prometí regresar unas horas después con Simon para darle una respuesta. Volvimos y ese mismo día navegamos durante dos horas y media por la bahía que protege a Puerto Stanley. Era nuestro entrenamiento como tripulantes del velero de diez metros. Ya en tierra, decidimos que al día siguiente, 2 de abril, volveríamos para hacer una lista de las provisiones y los equipos que necesitaríamos para el viaje: trajes de agua, guantes.

Simon y yo llegamos a las 19.30 al hotel Upland Goose. Era la hora de la cena y, también, el momento en que Patrick Watts, locutor y nativo de las islas, comenzaba a transmitir desde la única radio, la Falklands Islands Broadcasting Station. La programación era casi siempre la misma: hasta las 19.45, la tanda de avisos calsificados mediante los cuales los habitantes anunciaban sus ventas, desde una estufa hasta fruta fresca, lo más escaso y necesario. A las 19.45 comenzó el programa de deportes transmitido en directo por la BBC de Londres y a las 20, como siempre, llegó el panorama informativo. Se leyeron noticias de las Georgias pero ninguna era alarmante.

Aquí quiero destacar la importancia que para los isleños tiene la radio que opera Patrick Watts: para ellos es el único medio de comunicación, de contacto entre ellos y el mundo exterior. Desde el momento en que comienza a transmitir nadie la apaga. Incluso en muchas casas antiguas no tienen aparato de radio sino solamente un parlante conectado directamente a la radioemisora a través de un cable. Para ellos es todo: noticias de las estancias distantes, novedades triviales, mensajes personales. Todo.

A las 20.15 ocurrió algo. Se comunicó que el programa sería alterado porque Rex Hunt, gobernador de las islas, dirigiría un mensaje. En su inglés nítido y de tono paternal, Hunt comenzó señalando que «el canciller argentino, Costa Mendez, no quiere usar los canales diplomáticos para solucionar el problema de las Islas Georgias del Sur. Sumado a lo que dijo el ministro –agregó- hay una gran evidencia que de las Fuerzas Armadas Argentinas se preparan para invadir las islas Falklands. En estas circunstancias, el Consejo de Seguridad ha dado los siguientes puntos a ser aplicados en Stanley, ya que no cree que en el campo ocurra algo y que deban ser tomadas medidas allí.»

A continuación, en medio de un clima muy tenso, enumeró esos puntos: «He alertado a los marines reales y convocado a los miembros activos de las Falklands Islands Defense Force para que se presenten al Drill Hole lo más pronto posible. Van a estar de guardia en lugares claves de la ciudad. Los colegios van a estar cerrados mañana. La estación de radio seguirá en el aire hasta próximas noticias. Si el Consejo de Seguridad está pidiendo que se mantenga la paz con el gobierno argentino, supongo que tendré que declarar el estado de emergencia antes del amanecer. Voy a volver al aire ni bien tenga algo que decir, pero mientras tanto les pido a todos que se mantengan calmos, fuera de las calles, en particular no circulen por el camino al aeropuerto, quédense adentro y no agreguen problemas al Consejo de Seguridad haciendo demostraciones o dañando propiedades argentinas. Eso va a jugar a favor de ellos y proveerlos de la excusa que necesitan para invadirnos. Así que por favor no tomen las leyes por sus propias manos. Eso les va a demostrar a nuestros visitantes que somos ciudadanos responsables, obedientes de las leyes y resueltos.»

Todos estábamos mudos, helados. No lo podíamos creer. En el comedor, estaban cuatro periodistas ingleses, ocho operarios de Gas del Estado, un visitante británico de apellido Carisley, los dueños del hotel, el matrimonio King y sus cuatro hijos. Luego del discurso el silencio siguió y continuó aún más, porque de inmediato las palabras de Rex Hunt fueron retransmitidas. Todos nos mirábamos, callados, pero yo sentía que los ojos se clavaban mucho más en mí porque sabían que hablaba inglés. Después me preguntaron qué opinaba. Les dije que no creía esa noticia. Nos levantamos, dejamos la comida casi intacta (cordero, como todas las noches, todos los días) y junto con los cuatro periodistas ingleses caminamos hacia la oficina de telex para tratar de hablar cada uno con su país. Ellos pasaron las noticias a sus diarios. Yo no pude hablar con Buenos Aires. No se escuchaba nada a través de la línea. Corté.

Entonces, nos dirigimos a la casa del gobernador Hunt. Al llegar los marines ya estaban en acción: había armas en el piso y el pertrechamiento comenzaba. Hunt nos recibió. Apenas un minuto. Estaba nervioso, sin afeitar. Reiteró las noticias que poseía acerca de una inminente invasión y nos dijo que pronto veríamos los primeros signos. Había cinco barcos argentinos cerca de Stanley. Cortesmente, nos pidió que no nos metiéramos en el camino, que por seguridad no obstaculizáramos lo que ellos debían hacer. Nos autorizó a circular por las calles y se despidió. Corriendo, salimos hacia el Drill Hole, un gran galpón en el medio de la ciudad. Allí estaban los marines y los integrantes de la defensa civil en pleno entrenamiento. Eran treinta hombres preparando sus armas. Uno de ellos nos vio y, también cortesmente, nos echó. ¿Dónde ir..? A la radio. Allí estaba Patrick repitiendo: «No nos pueden quitar esto». Se preparaba para transmitir durante toda la noche. Nos preguntó si habíamos hablado con las autoridades argentinas y ante nuestra negativa decidió que todos fuéramos a visitarlos en su Land Rover. El vicecomodoro Gamen nos recibió con un whisky. También estaba el vicecomodoro Gilabert . Nos preguntaron qué nos hacía falta. Ellos no sabían nada. (Después me enteraría que la respuesta estaba condicionada por la seguridad del operativo).

Habíamos llegado a las 23 y una hora después regresábamos al hotel para seguir escuchando radio. La psicosis de la guerra había comenzado: los habitantes de las Malvinas llamaban a la radio y todo lo que decían salía en directo al aire. Comentaban que habían escuchado motores de helicópteros, que veían sombras, cosas raras, extrañas, disparatadas algunas. A las 2.15 subimos a nuestras habitaciones.

Yo puse el despertador para que sonara a las 4.30 y me recosté, sentado y vestido, con la cámara colgada al hombro.

El despertador nunca sonó porque a las 4 golpearon muy fuerte en mi puerta. Abrí. Eran dos marines. Habían golpeado la puerta con la culata de sus armas, tenían las caras pintadas de negro. Me preguntaron por mister King. Dónde estaba. En ese momento apareció él, envuelto en su bata. Le comunicaron que tenían orden de llevar a todos los argentinos hospedados allí. A mí no. No me explicaron por qué. Pero deduje que conocerían la decisión del gobernador.

Entonces, con mis cuatro colegas británicos, corrimos nuevamente hacia la casa del gobernador. Hacía mucho frío: dos grados. Esta vez no nos recibió pero su secretario nos advirtió que era peligroso que saliéramos a la calle, puesto que los marines tenían orden de disparar sobre todo aquello que se moviera. Nos ofreció su casa –separada por una vivienda de la residencia del gobernador- para pasar la noche y hacia allá fuimos con la orden precisa de mantener las luces apagadas. Allí estábamos los cuatro periodistas ingleses, Don Bonner, el chofer de Rex Hunt, y yo además de un gato blanco y gris. Eran las 4.10.

Todo estaba en silencio y a oscuras. En mí reloj vi que eran las cinco cuando se escucharon los primeros disparos. Ráfagas de ametralladora y el estampido de morteros. Muy cerca, en la casa del gobernador. Escuchábamos, sin poderlas descifrar, las órdenes que daban los marinos para organizar la defensa.

Subimos hasta un dormitorio ubicado en la planta alta. Nunca voy a olvidar ese momento: suavemente, por debajo del estampido de las armas, podíamos escuchar la música de «El lago de los cisnes» que transmitía la radio. El tiroteo continuaba afuera. Nosotros, tirados en el piso de la habitación, podíamos oír eso y la radio que seguía emitiendo música y los llamados de los habitantes de Puerto Stanley que se pasaban mensajes entre sí, preguntaban unos por otros, hablaban de la guerra, contaban lo que habían visto en llamados directos que salían al aire. Era una situación muy extraña para nosotros: nos aturdía el seco ruido de las armas, de a ratos escuchábamos música clásica y luego los relatos del combate y, por encima de todo, soportábamos al gato, el condenado gato que se había puesto mimoso, ronroneaba y caminaba sobre nosotros. A las 6.15 escuché un llamado. Alguien gritó: «¡Alvarez…!» y después una frase ininteligible. Nos miramos. Los ingleses me preguntaron si esas palabras habían sido pronunciadas en castellano. Les dije que sí. Ya no había dudas: los soldados argentinos estaban en las Islas Malvinas y peleaban por recuperarlas.

A las 6.25, bruscamente, se detuvo el fuego. Desde el terrible silencio se escucharon los gritos de un hombre que en perfecto inglés pedía al gobernador Rex Hunt que se rindiera. Todavía estaba oscuro. Cuánto tardaba en amanecer. El silencio no se disipaba.

Cuando aclaró un poco, traté de mirar hacia la casa del gobernador pero justo ahí frente a la ventana y en esa isla pelada, estaban dos árboles que me impedían ver. Los árboles y la casa del chofer de Hunt. En otra dirección descubrí que estaban ocultos algunos marines. Detrás de automóviles, arbustos y cercos. Después recomenzaron los disparos aunque en forma aislada. A las 7.30 habló por la radio mister Lamb, jefe de policía, para declarar el estado de emergencia.

Nadie podía salir de las casas, nadie debía ir al colegio. Nada. Luego, volvió la música clásica hasta que un llamado telefónico desde el hospital informó que la situación era normal y que no había heridos. Sólo estaban allí los ciudadanos británicos enfermos.

Media hora después se oyó al gobernador Hunt decir que había decidido no rendirse «a estos bloody argentinos (malditos argentinos)». Y para que no quedaran dudas dijo: «Y por cierto que no». Continuábamos siendo testigos de la recuperación (bueno, solo para mí) de las Malvinas a través de la radio y lo poco que podíamos ver hasta ese momento, es decir, marines agazapados cerca de la casa de gobierno. A las 7.45 una mujer contó que había visto un gran helicóptero cerca del aeropuerto. Afuera, comenzó un tiroteo violentísimo y en ese momento comenzó a ser interferida la radio. Mientras se ajustaba la frecuencia, se alternaban voces en inglés y castellano hasta que salió, impecable este mensaje dicho por uno de nuestros soldados, supongo. El dijo: «Es un llamado al gobierno colonial de las Islas Malvinas. Tenemos una gran fuerza. Queremos ser fieles a nuestros principios cristianos y occidentales y no queremos hacerles ningún daño. Queremos que estén todos bien.»

Luego, Patrick Watts siguió en su trabajo y a las 8 pidió que no se disparara contra un hombre que iría caminando por Ross Road, llevando una bandera blanca, hacia la casa del gobernador. De inmediato, conectó con la BBC, que en su primer noticiero del día informaba que era inminente un ataque a las Falkland Islands. Pensé: no saben lo viejas que son sus noticias. A las 8.10 vi por la ventana que en un recodo del camino que lleva a la casa de Hunt apareció el vicecomodoro Gilabert. Levanté la cámara y apunté hacia él con el teleobjetivo de 180 milímetros. Alcancé a oprimir dos veces el obturador. Dos fotos. Alguien, no sé de donde, en ese mismo momento, apretaba un gatillo y disparaba una bala que hizo explotar el vidrio de la ventana de dos hojas por la que me asomaba. Esa bala pasó a un metro y se hundió en la pared, a menos de medio metro de uno de los periodistas ingleses. Nos tiramos otra vez al piso y con mucho miedo nos arrastramos hacia la planta baja, donde estaba la cocina.

Para descomprimir la situación y darnos ánimos unos de los muchachos dijo: «Bueno, yo lo siento mucho pero estoy muerto de hambre». Y preparó té, huevos revueltos y a cada uno nos lo sirvió con pan. Pero yo apenas pude tragar algo. Tenía un nudo apretado muy fuerte en el estómago y no me importaba el hambre que tenía.

A las 8.15 Patrick anunció que la bandera argentina ya flameaba en Moody Brook, el cuartel de los marines, diciendo que había sido ocupada sin resistencia porque estaba vacío. Los soldados ingleses ya lo habían abandonado.

8.25. Gilabert habla por radio para decir que quiere encontrarse con el comandante de operaciones argentino frente a la Iglesia. Que venga acompañado por un hombre y con bandera blanca. En tanto, los malvinenses seguían contándose entre sí sus historias a través de las ondas. Alguien dijo que una casa había sido dañada: otro, que había visto aviones argentinos volando sobre Green Patch, al norte de Stanley. Después, otro anunció: el comandante argentino se dirigía hacia la iglesia para hablar con Gilabert.

Como lo había hecho durante toda la noche, en mi minúscula libretita negra seguía anotando lo que veía, oía y sentía. A las 8.50 escribí: «Veo los primeros tanques argentinos avanzando por Ross Road y detrás de ellos, caminando lentamente en posición de combate, los soldados. Tienen las caras pintadas de negro».

A su paso, los marines salían de sus escondites sin armas y con los brazos arriba, las manos apoyadas en la nuca. Era el momento de rendirse. Me asomo a la ventana y comienzo a sacar fotos nuevamente. Pero antes saludé a los soldados, les dije que era periodista argentino. Pidieron que no los fotografiara: Me miraban con extrañeza, como preguntándose «Y este, ¿de dónde salió?». En ese momento, las 9.15, la radio anuncia que las Falklands Islands Defense Force se han rendido.

Salgo a la calle y camino hacia la casa del gobernador. Nadie me impide trabajar. Los soldados argentinos, cuidadosamente y sin gestos agresivos, palpaban a los marines a quienes le retiraban las armas cortas y los conducían a un lugar del patio de la residencia, donde los agrupaban parados sobre el césped. Vuelvo a Ross Road y ahí saco la foto de los marines tirados sobre el asfalto. Los que seguían llegando (salían de todas partes) se acostaban al lado de aquéllos. En ese momento sale un Land Rover de la casa del gobernador. Llevaba un cuerpo envuelto en una tela blanca. Después supe que ése era el primer muerto de la recuperación de las islas, el capitán Giachino.

Entonces, junté fuerzas, no pensé en el hambre, ni en el cansancio, ni siquiera en la nota que estaba registrando. Comencé a recorrer el pueblo. Era un desierto. Nadie se asomaba a las ventanas. Me crucé con columnas de soldados. Los saludé. Me saludaron. Me preguntaban: «¿De dónde sos?» «De Buenos Aires», les contestaba. «Ah, yo soy de Quilmes», me dijo uno. «¿Cuándo llegaste?», querían saber. «Hace diez días», les contaba.

A las cuatro de la tarde vuelvo a pasar por la casa del gobernador. En el frente estaba su auto y su chofer. Veo a Rex Hunt salir con su uniforme de gala, seco y severo. Sube al auto y parten hacia el aeropuerto. Por suerte en ese momento llega Patrick Watts y juntos vamos detrás de Hunt. En el camino hacia el aeropuerto Patrick –como cualquier inglés- circulaba por la mano izquierda. De pronto, veo que aparece en el camino un auto argentino manejado por un argentino, que como todo argentino avanzaba por la derecha. Me doy cuenta que ninguno pensaba desviarse. Lo tomo del brazo a Patrick y le digo que vamos a chocar, que por un momento abandone sus costumbres británicas. Justo a tiempo decidió ser razonable. Porque para el choque faltó muy poco.

En la base estaban los marines esperando el momento en que serían trasladados a Montevideo. Aparece el gobernador. Había reemplazado su uniforme por un austero traje gris oscuro. Me mira y me dice, sin enojo: «Ahora debes estar contento».

Vuelvo al pueblo y sigo caminando, sacando fotos, hablando con los soldados. Hasta que a las 19 llega la noche y decido volver al «Upland Goose». Me recibe la señora de King, ve mi cara que seguramente reflejaría el hambre, el sueño, el cansancio y me dice que la acompañe, que me va a dar de comer. Pastel de papas con carne de cordero picada.

Me voy a dormir a las ocho y a esa hora, pero de la mañana siguiente, pongo el despertador. Esta vez sonó a la hora que quería.

Bajo a tomar el desayuno. Allí estaba Mr. Carisley. Le pregunto cómo está. Me responde: «Yo bien, pero no voy a permitir que me ofendan ustedes, los argentinos».

Tomo la cámara, me la pongo al hombro y salgo otra vez a la calle, donde ya se asomaban algunos vecinos con sus bolsos y carritos, dirigiéndose hacia los comercios. Empecé a caminar. Quería ver, vivir, fotografiar por completo ese primer día de los argentinos en las Islas Malvinas”.