Gran Bretaña: al rescate del orgullo herido

El ataque diplomático y militar de Gran Bretaña hacia un país del Tercer Mundo, americano y occidental, es un hecha patético y lamentable. Es aún más gravoso si se tiene en cuenta que tal actitud irracional y emocional proviene de uno de los países creadores de las teorías de seguridad contemporáneas, que basan toda su política en conceptas complejos de racional repulsión para que el enemigo desista de utilizar la fuerza antes de comenzar una crisis.

A más de tres semanas del histórico suceso del 2 de abril, la reacción británica y la rigidez en su toma de decisiones han cambiado o puesto en tela de juicio varios esquemas dentro de las relaciones internacionales. Su inflexibilidad no solamente ha roto la paz de Occidente sino que ha ejercido una negativa presión sobre sus dos puntos de apoyo: los EE.UU. y Europa occidental. Consecuencias secundarias de tal actitud se reflejan en la unión sudamericana, el renovado interés de potencias extracontinentales en el área y en los distintos foros de opinión mundial tales como los No-alineados y las Naciones Unidas.

Ante tales sucesos, la lógica pide motivaciones. Surgen, en primer lugar, motivaciones británicas de índole interna, como ser el tradicional ataque entre los partidos políticos británicos, los problemas económicos y laborales y el lobby de la Marina Real dentro de la toma de decisiones de defensa. Aparte de estas presiones actuales, Gran Bretaña arrastra otra índole de problemas, tales como la constante pérdida de poder e influencia tras la ignominiosa retirada de su posición imperial y el problema de adaptación a ser parte de Europa occidental.

Presiones internas

¿Cómo han evolucionado estas presiones de índole interna que precipitaron la crisis actual? En cuanto al problema de los ataques partidistas dentro del Parlamento, los primeros momentos reflejaron confusión y la cuasi caída del gobierno conservador; ahora existe una aparente unión tras la política dura de Margaret Thatcher . Los problemas económicos se han exacerbado, pero la muy positiva reacción probritánica de los países de la CEE quizás augure una mayor cantidad de ayuda económica para ese país al finalizar la crisis.

Los problemas laborales han quedado relegados al obtener el apoyo de la opinión popular en favor de las medidas dictadas por el Gobierno en relación con las islas del Atlántico Sur.

Por último, el lobby de la Marina Real, elemento interesado obviamente en una intervención de la Marina en el área, parece haber dado resultados a juzgar por noticias provenientes de Londres en las cuales se indicaba que la Sra. Thatcher se había visto forzada a “reconsiderar los planes de defensa de su gobierno para el año próximo, que según se cree incluiría sustanciales reducciones en la flota de superficie”. Esta opinión se basó en el aplazamiento de un documento del Ministerio de Defensa, al respecto de reducciones, que no llegó a ser publicado aún.

Hasta este momento vemos cómo la intervención armada en las islas del Atlántico Sur sirve al refuerzo del saldo interno positivo en lo que a Gran Bretaña se refiere: las partes interesadas han obtenido las ganancias esperadas. Lo que aún no se puede comprender es el “momento mismo” escogido para la intervención: la inflexibilidad británica pone en peligro la mediación norteamericana y crea presiones sobre los EE.U.U. y sobre Europa occidental como aliados. En otras palabras, si los motivos actuales internos para la crisis ya han dado su fruto a los sectores interesados (y fueron reafirmados con la simbólica lucha de las Georgias del sur), ¿por qué simultáneamente se ha puesto en peligro la influencia norteamericana, las negociaciones y la salud económica de la CEE con las presiones generadas por el factor tiempo y magnitud?